El derecho al deporte y el deber de las instituciones

Es curioso el enfoque bastante habitual que se da a lo relacionado con el deporte, como si la promoción del mismo desde las instituciones públicas fuese una labor filantrópica de quienes las gestionan en cada turno legislativo, o un regalo suyo por permitir a los ciudadanos la práctica con el desarrollo o construcción de instalaciones e infraestructuras.

Sin embargo, el deber de ofrecer a los ciudadanos las instalaciones y medios adecuados para la práctica del deporte proviene de su obligación de garantizar nuestros derechos a la salud y la educación, reflejado en el artículo 43 de la Constitución Española.

Puede parecer una perogrullada repasar el concepto y el sentido de los principios rectores de la política social y económica que establece nuestra Ley Fundamental. Pero justo en la fechas actuales, en las que todos padecemos las consecuencias sanitarias, económicas y los frentes asociados a la pandemia, llama la atención que en los análisis y propuestas de reformas o acciones para paliar los efectos, las preocupaciones y ayudas se centren en sectores vinculados al ocio y las relaciones sociales obviando que el deporte satisface esas necesidades humanas combinándolas con la educación y la salud.

Si entendemos además que la práctica totalidad de los deportes pueden practicarse al aire libre minimizando los riesgos de contagios y el coste de los protocolos de higiene, clama al cielo que en el país con más locales de ocio y restauración por metro cuadrado no se plantee el fomento del ejercicio físico como alternativa económica en todos los sentidos: actividad económica e inversión en salud física y mental individual y social para cada generación.

Somos numerosos los profesionales y entidades deportivas que sufrimos los efectos de la situación actual, así como los sectores indirectos que nos ofrecen servicios (limpieza, industria textil, mantenimiento de instalaciones, productos nutritivos, etc.) Si los recursos son escasos, más justificado estará todavía fomentar aquellas actividades económicas cuyo retorno de inversión es igualmente inmediato y se prolonga aún más más en el tiempo. Salvo que, como es bastante habitual y se estudia en las teorías económicas más elementales, se quieran dedicar los recursos a abrir zanjas para luego taparlas. En ese caso, como ya sabemos que tender a la satisfacción inmediata es propio de personas y sociedades poco maduras o infantilizadas, nos convendría pararnos a pensar y mirarnos al espejo.